La fiesta en el hotel tenía ese aire de sofisticación que excita sin decir una palabra. Luces tenues, música envolvente, copas brillando en las manos… pero nada brillaba más que su mirada clavada en mí. Sentía su deseo desde el otro lado del salón, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, como una promesa ardiente que iba tomando forma lentamente.
Después de varios cócteles y caricias disfrazadas de gestos inocentes, no hizo falta decir mucho. Subimos a la habitación, riendo, fingiendo calma… pero apenas la puerta se cerró, me tomó por la cintura y me empujó contra ella con fuerza. Su boca se hundió en la mía con desesperación, su lengua explorándome como si no me hubiese besado en años. Sus manos bajaban, me alzaban el vestido, y ya no importaba nada más que él y yo.
Me desnudó con hambre, sin pausas, desgarrando la ropa si era necesario. Me arrojó a la cama y me abrió las piernas sin permiso, porque ya todo estaba dicho. Me devoró con la boca, con los dedos, con cada parte de él. Yo gemía, me retorcía, lo pedía todo. Cuando entró en mí, fue como si el aire se rompiera. Cada embestida era brutal, profunda, perfecta. Me sostuvo del cuello, me mordió el labio, me dio palmadas mientras jadeábamos como animales.
Me tomó de espaldas, sobre la cama, contra la ventana, incluso en el sillón. El espejo reflejaba la imagen de mi cuerpo rendido, y su mirada clavada en mí lo decía todo: esa noche era mía, y yo era completamente suya. Gritamos, reímos, sudamos. El placer fue salvaje, sin pausa ni control.